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Location: Madrid, Madrid, Spain

Tuesday, June 06, 2006

LA CIUDAD DE SANGRE

Miré a mí alrededor, desde mi posición privilegiada podía ver casi toda la ciudad. Al frente se levantaban, como si se tratasen de las mágicas enredaderas del cuento infantil, enormes moles de acero y cemento, revestidas de cristales blindados que reflejaban levemente, casi sin querer, los destellos de las innumerables farolas que bordeaban las calles. Tras los cristales solo se veían mesas vacías, terminales de ordenador apagados y, ocasionalmente, alguna mujer u hombre de más de cincuenta, vestido con un ridículo uniforme azul o verde que tiraba de un carrito al tiempo que deslizaba por el suelo una fregona vieja y cochambrosa. El olor del límpiaselos podía percibirse desde antes de entrar en el edificio; repugnante. Descendiendo por las enredadera llegamos al nivel de los infinitos árboles de ladrillo y cemento, rojizos y grises en su mayoría, llenos de galerías internas, taladradas dejando algunos huecos que se tapaban con maderas y cristales. En su interior podía encontrarse casi cualquier cosa. Aquellas galerías, como si se tratase de un hormiguero, estaban divididas en pequeñas salas. Cada una de las salas se utilizaba para algo diferente y su decoración variaba de forma insospechada. Generalmente existía una sala más grande, donde el macho o la hembra dominante de la colonia solía pasar la mayoría del tiempo que estaba dentro de su galería, tirado, casi desmadejado, sobre sillones raídos y descoloridos, que olían a rancio, mirando embobado la pantalla de un aparato electrónico, más interesado en la vida de otros personajes que en la suya propia. Otra de las salas estaba ocupada, en su mayoría, por un enorme camastro, pues generalmente no merece el nombre de cama, donde la pareja dueña de aquella galería retozaba con frecuencia, dejando las sábanas, las almohadas y a veces incluso las paredes llenas de inmundicias y fluidos gelatinosos. Si descendemos un poco más, hasta llegar al suelo, la fauna vuelve a cambiar.

Durante el día puede verse caminando por esas calles una gran variedad de especies. Desde los "brokers" que ocupan las mesas en el interior de las enredaderas gigantes, a simples parásitos que construyen sus habitáculos con cartones y mantas, de forma ambulante, pasando por las comunes hormigas de las galerías. Durante la noche era distinto. Cuando caía el sol apenas podía verse a nadie por la calle. Caminar de noche por esas aceras significaba meterse en líos. Los parásitos montaban sus casas donde les daba la gana y aparecía una nueva raza de fauna autóctona. Es difícil denominarles en una categoría, pero podríamos decir que se trata de virus. Personajes insignificantes con aguijones plateados "made in Taiwan". Hombres y mujeres sin oficio que se dedicaban a deambular por las calles y asaltar a las hormigas despistadas que aún quedasen en el exterior. Generalmente se movían en grupos de 4 o 5 individuos y mostraban amenazantes sus aguijones y espolones metálicos con el fin de llevar a su bolsillo los nutrientes sociales de las pobres víctimas. O dicho de otra manera, robarles hasta el tuétano.

Avanzamos algo más y poco a poco el aspecto del entorno va cambiando, los árboles desaparecen y dejan paso a pequeños arbustos, blancos, marrones, rojos, amarillos...Estos módulos tienen el tamaño de 2 o 3 galerías y en su interior habitan topos y comadrejas. Estos topos no son mucho mejor que los virus. Se dedican a entrometerse en las bodegas y alacenas de las hormigas, de forma incógnita e inevitable y saquean, en pequeñas porciones, pero de forma regular, lo víveres. Además, su asociación con las comadrejas, grandes y fuertes en comparación con el resto de la fauna, les es muy fructífera, ya que la astucia legal de éstas les cubría las espaldas de manera formidable. No obstante, estos topos y comadrejas no se distinguen en mucho de las hormigas. Sus arbustos, llenos de cavernas divididas en salas, son más grandes, y sus camas son camas, pero siguen usándolas para fornicar y defecan como el resto de animales.

Existe aún una raza superior, más poderosa, los Buhos. Estos animales controlan, con su vista prodigiosa, todos los movimientos de la ciudad. Habitan en enredaderas gigantes que son de su entera propiedad y venden y alquilan galerías a hormigas y topos. A mí me da igual. Para mí esto que llaman ciudad no es más que una granja, y yo soy un granjero. Espero pacientemente que mis víctimas engorden y luego las devoro, cojo lo que quiero y desaparezco. Para mí toda la fauna se simplifica en una sola especie: bolsas de sangre. O lo que es lo mismo, comida.

Desviando la vista a mis pies observo a uno de esos topos, una de esas razas que se creen poderosas y astutas, pero que no ven más allá de sus narices. Me agacho hasta ponerme de cuclillas y le miro a los ojos. Puedo sentir el miedo. Miro sus pantalones, la entrepierna y toda la pernera izquierda están húmedas. Como dije antes, sus inmundicias son idénticas a las de las hormigas. Le sonreí. La visión de mis afiladísimos colmillos, blancos, impolutos, debió producirle un considerable aumento en el terror que ya sentía. Decidí, apremiado por el sonido de mis tripas, que no hacía falta torturarlo más, así que con un rápido movimiento me lancé a su yugular, hundí mis dientes y bebí durante media hora. Después me levanté y me limpié con la manga de aquel topo. Allí estaba yo, la raza más avanzada y poderosa de toda la fauna urbana, el rey de una ciudad de sangre.

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